2022/12/16 by Molina, Tomás
paper · doi:10.48713/10336_37771
Bogotá ha perdido su antigua belleza. Nunca fue tan hermosa como París, Florencia o Buenos Aires, pero por lo menos sus habitantes disfrutaban de una arquitectura decente y tranquila. No obstante, hoy las cosas han cambiado. La ciudad se ha afeado considerablemente. Además, ninguno de sus gobernantes recientes se ha preocupado mucho por construir una ciudad auténticamente bella. Las vías, los puentes, las zonas francas, la pobreza, la educación, la movilidad, etc., dominan el discurso político bogotano, pero en ninguna parte se escucha nada sobre lo bello. Con suerte, la belleza termina siendo más un accidente de ciertos planes urbanos que su propósito principal. Pero como la suerte es poca, en todas partes se levantan edificios horripilantes, independientemente del estrato y la clase social. Aquí un edificio corporativo de vidrio y plexiglás, acullá un edificio de interés social; feos ambos a su manera, pero ambos igualmente feos.